Recientemente 71 nuevas médicas y médicos egresaron de la Carrera de Medicina de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Como docente de la carrera, tuve el privilegio de acompañar parte de su formación, y participar de este momento constituye una de las experiencias más significativas de mi trayectoria profesional.
Más allá de la ceremonia, la graduación de una nueva camada invita a una reflexión que considero pertinente compartir: qué significa, hoy, formar médicos.
La enseñanza clínica como eje formativo
La formación médica contemporánea atraviesa una tensión productiva entre la incorporación creciente de tecnología diagnóstica y la vigencia insustituible del examen clínico. En el campo de la otorrinolaringología, esa tensión se vuelve particularmente visible: ningún estudio complementario reemplaza una otoscopía correctamente realizada, así como ninguna guía clínica sustituye el criterio profesional construido en la práctica supervisada.
En ese marco, la enseñanza clínica no es un complemento de la formación teórica, sino su núcleo. Es en el contacto progresivo con el paciente —bajo supervisión docente— donde el estudiante adquiere las competencias que definirán su práctica futura: la capacidad de observar, la habilidad para integrar datos clínicos, el juicio para indicar estudios pertinentes y la sensibilidad para comunicar diagnósticos con claridad y respeto.
Tres principios que orientan mi tarea docente
A lo largo de los años de ejercicio en la docencia universitaria, he identificado tres principios que considero estructurales en la formación de los futuros profesionales.
Primero: la primacía del razonamiento clínico. La medicina basada en la anamnesis y el examen físico continúa siendo el fundamento del diagnóstico. La incorporación temprana de habilidades semiológicas —entre ellas, el dominio de técnicas exploratorias específicas como la otoscopía— resulta determinante para el desempeño profesional posterior. Enseñar a observar antes de solicitar es enseñar a pensar la medicina.
Segundo: el uso reflexivo de la evidencia científica. La medicina basada en la evidencia exige formar lectores críticos de literatura científica, capaces de jerarquizar fuentes, interpretar diseños metodológicos y aplicar el conocimiento disponible al caso individual. La evidencia es una brújula, no un dogma: orienta la toma de decisiones, pero no la reemplaza.
Tercero: la dimensión humana del acto médico. La relación médico-paciente no es un accesorio de la práctica clínica, sino una de sus condiciones de eficacia. La forma de conducir una entrevista, de explicar un procedimiento o de comunicar un diagnóstico forma parte del tratamiento. Esta dimensión, difícil de transmitir mediante contenidos teóricos, se incorpora a través del modelado en la práctica supervisada.
La docencia como práctica reflexiva
Considero pertinente señalar algo que suele permanecer implícito en el discurso sobre la enseñanza universitaria: el ejercicio docente transforma sustancialmente la práctica clínica del profesional que lo asume.
Explicar exige fundamentar. Las preguntas de los estudiantes —frecuentemente las más agudas son las aparentemente más simples— obligan a revisar supuestos, a examinar conductas habituales, a justificar indicaciones que la rutina podría haber automatizado. En ese sentido, la docencia opera como una auditoría permanente sobre la propia práctica, y constituye uno de los mecanismos más eficaces de actualización profesional sostenida.
Quienes nos dedicamos a formar médicos no solo aportamos a la formación de las nuevas generaciones: también nos beneficiamos del rigor que la enseñanza impone a nuestro propio ejercicio.
Un compromiso institucional
Formar parte del cuerpo docente de la Carrera de Medicina de la Universidad Nacional de Mar del Plata implica asumir un compromiso con la calidad de la formación que reciben quienes, al egresar, integrarán el sistema de salud de nuestra región y del país. Es una responsabilidad que asumo con convicción, y que renuevo cada año al ver a una nueva camada cruzar el umbral hacia el ejercicio profesional.
A las 71 médicas y médicos que egresaron este fin de semana: la formación universitaria no concluye con el título, lo habilita. Lo que viene —la residencia, la especialización, los primeros años de ejercicio autónomo— terminará de configurar el perfil profesional de cada uno. La invitación es a sostener, en esa próxima etapa, la misma disposición al estudio, a la revisión crítica y al cuidado del paciente que los trajo hasta acá.
Haberlos acompañado en este tramo de su formación ha sido, y continúa siendo, un privilegio profesional.
El Dr. Pablo Garay es médico otorrinolaringólogo y docente de la Carrera de Medicina de la Universidad Nacional de Mar del Plata. En este blog comparte reflexiones sobre práctica clínica, formación médica y temas relevantes de su especialidad.
