Durante el mes de marzo tuve el privilegio de participar en la Primera Jornada Académica y Social Otorrinológica, realizada en Mendoza, que reunió a ex residentes y ex becarios de los Profesores Diamante y Barbón. Dos días intensos de actualización clínica, discusión de casos y, sobre todo, de reencuentro profesional con colegas que sostienen, desde distintos puntos del país, una práctica de alto nivel en nuestra especialidad.

Más allá de la riqueza del programa académico, considero pertinente compartir algunas reflexiones sobre el rol que este tipo de encuentros cumple en la consolidación de una especialidad médica.
El conocimiento crece cuando se comparte

La otorrinolaringología, como cualquier especialidad médica contemporánea, avanza a una velocidad que excede las posibilidades del estudio individual. Las publicaciones se multiplican, las técnicas se actualizan, las indicaciones se revisan. Mantenerse al día exige más que lectura: exige diálogo sostenido con pares que enfrentan los mismos desafíos clínicos.

En ese sentido, las jornadas académicas cumplen una función que ninguna plataforma digital ha logrado reemplazar. La discusión presencial de casos difíciles, el intercambio sobre estrategias quirúrgicas, la posibilidad de contrastar criterios frente a situaciones clínicas concretas: todo eso constituye un espacio formativo de características irrepetibles.

Los dos días en Mendoza confirmaron algo que vengo observando hace tiempo: el aprendizaje más valioso, incluso para quienes ya tenemos años de ejercicio, sigue ocurriendo en el intercambio entre colegas.
Tres dimensiones del encuentro académico

A partir de esta experiencia, me interesa subrayar tres dimensiones que distinguen a las jornadas científicas presenciales y justifican el esfuerzo de sostenerlas.

Primero: la actualización contextualizada. Asistir a una jornada no es equivalente a leer las mismas conferencias de manera asincrónica. La presentación de casos en vivo, las preguntas del auditorio, los debates posteriores a cada ponencia, generan un nivel de análisis que difícilmente se reproduce en otro formato. La actualización se vuelve contextualizada: no es información recibida, es conocimiento construido colectivamente.

Segundo: la alineación de criterios clínicos. Cada especialista desarrolla, a lo largo de los años, criterios propios basados en su formación, su escuela y su experiencia. Los encuentros académicos permiten contrastar esos criterios con los de pares, identificar consensos, reconocer divergencias fundamentadas y, en última instancia, mejorar la coherencia de las prácticas dentro de la especialidad. Esto tiene consecuencias directas sobre la calidad de atención que recibe el paciente.

Tercero: la transmisión generacional. Compartir espacio con profesionales de larga trayectoria —muchos de ellos formadores de varias generaciones de especialistas— constituye una oportunidad formativa difícil de cuantificar. Las escuelas médicas se transmiten no solo a través de la enseñanza formal, sino también de estos encuentros donde maestros y discípulos vuelven a coincidir, ahora en plano de colegas, y donde se renuevan los vínculos que sostienen la identidad de la especialidad.

Comunidades de práctica y excelencia clínica

La literatura sobre formación profesional ha desarrollado el concepto de comunidades de práctica: grupos de profesionales que, a través de la interacción sostenida, construyen conocimiento compartido y elevan colectivamente los estándares de su disciplina.

Las jornadas como la de Mendoza son expresiones concretas de esta dinámica. No son eventos aislados, sino nodos visibles de redes profesionales que funcionan todo el año: consultas entre colegas, derivaciones, segundas opiniones, discusión informal de casos complejos. La excelencia clínica individual se sostiene, en buena medida, sobre la calidad de la comunidad profesional en la que cada especialista está inserto.

Reconocer esto tiene implicancias para nuestra práctica. Significa entender que actualizarse no es solo una responsabilidad individual: es también un compromiso con la red de colegas que confía en nuestro criterio cuando deriva un paciente, consulta una conducta o comparte un caso difícil.

El valor de la identidad colectiva

Hay un aspecto adicional que considero pertinente mencionar. En un contexto profesional donde a veces predomina la fragmentación —especialidades cada vez más subdivididas, ejercicio cada vez más individualizado, presión por la productividad—, los encuentros académicos cumplen una función que excede lo estrictamente científico: reafirman una identidad colectiva.

Pertenecer a una escuela, reconocerse en una tradición de práctica, sentir continuidad con quienes nos formaron y con quienes formamos: todo eso constituye un capital profesional que pocas veces se nombra, pero que sostiene la calidad del ejercicio cotidiano.

A los organizadores de la Primera Jornada Académica y Social Otorrinológica, a los Profesores Diamante y Barbón cuya escuela continúa convocando, y a cada colega con el que tuve oportunidad de intercambiar durante esos dos días: el agradecimiento por sostener espacios que actualizan conocimiento, fortalecen vínculos y construyen futuro profesional.

Una medicina de excelencia se sostiene sobre dos pilares simultáneos: el rigor científico individual y la identidad colectiva que cada comunidad profesional logra construir. Encuentros como el de Mendoza recuerdan que ambos son indispensables.